
Nuestra casa, Avda. Argentina 1235, miércoles a las 13 horas. Abrió la puerta e hizo que nos ignoraba. Lo más duro fue cuando se llevó los juguetes y alguna ropa de Leo.
Anoche fue uno de esos momentos podridos en que un homosexual te desnudó y abusó de ti. La ducha puede terminar con los olores y despegar el bello público, no importa, el flash back sigue quemando. No hay chantaje, porque tu hijo no te vio con el travesti. Un lápiz cosmético es la solución para pintarse la ceja.
¿Arden las hemorroides?
Tienes el estómago podrido y la resaca es un mazo que te da cien golpes en la cabeza. La fiesta terminó y tú lo olvidaste. La batahola terminó y tú, sin darte cuenta te quedaste en la habitación ciega. Los agarrones terminaron y tú, maldita sea, perdiste. Los insultos y la sangre se secaron, y tú estás ahí achicharrado y medio hediondo. Ahora, sueñas con círculos batidos por una gigante licuadora, mientras los preservativos arrugados babosean el suelo. Duraznos, un trozo de pan con mantequilla, pelos, un litro de cerveza, semen, marihuana y pedazos de uñas. La licuadora no deja de batir. Ya hizo cien caldos y tu estómago palpita y revienta, tú cara se deshace en mil pedazos, el cuajo, la gelatina podrida, tu estómago y sueñas en cien caldos más, y cien brebajes más, y estás tirado en unas sábanas extrañas con las cejas depiladas.
Fuiste la presa de un efebo que esperó y esperó su turno, y esta vez, que preparó la sesión poética, con sólo un propósito, acarició con sus manos delgadas y sus uñas largas y aberrantemente pintadas tu animal de caza, y tú por culpa de aquellos brebajes podridos, no sientes nada, ni te acordarás de nada, de nada, absolutamente nada, ni en tus sueños húmedos y copulaciones perversas, en nada, sólo ese momento, ese podrido momento en que te convertiste en una masa carnosa, tierna y acariciable.
Estás botado con el marrueco abierto. La mano intrusa ya exprimió el néctar y tú eres el último, el único que se quedó por más tiempo, hasta el final porque no pudiste parar, en el fondo te acuestas y punto; te acuestas y olvidas todo: tus monótonas responsabilidades, tu hijo y olvidas tu guerrero noctámbulo, para quedarte estático, cuajado en aquellas cuatro paredes con la mano de almíbar metida en tus cosas. Te maldigo, me maldigo.
Sorteo telarañas, botellas de vino y pozas de vómitos, y con el rostro pegajoso te encuentro y escupo una descomunal risa, maléfica risa y mis carcajadas se oyen por allá, y toda la cuadra, la corrida de casas sabe por qué me río, y así silenciosamente me río de ti, de tú estado de bicharraco tumbado y depilado en una risa cruel, de hiena sádica, de niño cortando lombrices, y mi risa perra te despierta.
Y no haces nada, porque estás perdido en la oscuridad de la habitación. Afuera la calle y su estruendo. Y no tengo nada que hacer porque es tu cuerpo, cabrón degenerado.
Anoche fue uno de esos momentos podridos en que un homosexual te desnudó y abusó de ti. La ducha puede terminar con los olores y despegar el bello público, no importa, el flash back sigue quemando. No hay chantaje, porque tu hijo no te vio con el travesti. Un lápiz cosmético es la solución para pintarse la ceja.
¿Arden las hemorroides?
Tienes el estómago podrido y la resaca es un mazo que te da cien golpes en la cabeza. La fiesta terminó y tú lo olvidaste. La batahola terminó y tú, sin darte cuenta te quedaste en la habitación ciega. Los agarrones terminaron y tú, maldita sea, perdiste. Los insultos y la sangre se secaron, y tú estás ahí achicharrado y medio hediondo. Ahora, sueñas con círculos batidos por una gigante licuadora, mientras los preservativos arrugados babosean el suelo. Duraznos, un trozo de pan con mantequilla, pelos, un litro de cerveza, semen, marihuana y pedazos de uñas. La licuadora no deja de batir. Ya hizo cien caldos y tu estómago palpita y revienta, tú cara se deshace en mil pedazos, el cuajo, la gelatina podrida, tu estómago y sueñas en cien caldos más, y cien brebajes más, y estás tirado en unas sábanas extrañas con las cejas depiladas.
Fuiste la presa de un efebo que esperó y esperó su turno, y esta vez, que preparó la sesión poética, con sólo un propósito, acarició con sus manos delgadas y sus uñas largas y aberrantemente pintadas tu animal de caza, y tú por culpa de aquellos brebajes podridos, no sientes nada, ni te acordarás de nada, de nada, absolutamente nada, ni en tus sueños húmedos y copulaciones perversas, en nada, sólo ese momento, ese podrido momento en que te convertiste en una masa carnosa, tierna y acariciable.
Estás botado con el marrueco abierto. La mano intrusa ya exprimió el néctar y tú eres el último, el único que se quedó por más tiempo, hasta el final porque no pudiste parar, en el fondo te acuestas y punto; te acuestas y olvidas todo: tus monótonas responsabilidades, tu hijo y olvidas tu guerrero noctámbulo, para quedarte estático, cuajado en aquellas cuatro paredes con la mano de almíbar metida en tus cosas. Te maldigo, me maldigo.
Sorteo telarañas, botellas de vino y pozas de vómitos, y con el rostro pegajoso te encuentro y escupo una descomunal risa, maléfica risa y mis carcajadas se oyen por allá, y toda la cuadra, la corrida de casas sabe por qué me río, y así silenciosamente me río de ti, de tú estado de bicharraco tumbado y depilado en una risa cruel, de hiena sádica, de niño cortando lombrices, y mi risa perra te despierta.
Y no haces nada, porque estás perdido en la oscuridad de la habitación. Afuera la calle y su estruendo. Y no tengo nada que hacer porque es tu cuerpo, cabrón degenerado.
Tu ex.
¿Ta arde el culo? Maraco culiao












